¿Los adventistas deberían involucrarse en combates? ¿Cuál es la posición de la Iglesia?
Por siglos, la iglesia cristiana ha reflexionado sobre el tema de la guerra y la actitud cristiana para con ella. Lamentablemente, no estoy seguro si puedo dar una respuesta específica a sus preguntas, pero permítame presentarle algunos puntos para ser considerados:
1. La guerra como un fenómeno social constante: como el fenómeno del pecado es parte de la experiencia humana, la guerra, en cierta extensión, caracterizará la vida social y las relaciones entre las naciones (Mat. 24:6). Los seres humanos siempre están bajo la amenaza o la realidad de la guerra; la paz mundial absoluta es una utopía, como claramente lo demuestra la historia humana.
2. La guerra siempre es mala: también debemos reconocer que no existe lo que se llama “guerra justa”. Solo Dios, que es todopoderoso y todoamoroso, puede definir y de hecho suscitar una guerra que resulte en la paz permanente. Los intentos cristianos para definir las condiciones bajo las cuales sería correcto que los cristianos participaran en la guerra solo son llamadas “tradición de guerra”. Estas proporcionan directrices que pueden ser útiles para los cristianos, pero su utilidad es debilitada por el hecho de dar la impresión de que, bajo ciertas circunstancias, la guerra puede ser moral o religiosamente justificable. La Iglesia debe insistir todo el tiempo en la malignidad de las guerras humanas.
3. Promueve la paz y la reconciliación: la constancia de las guerras obliga a la Iglesia a pensar sobre cómo relacionarse con ese mal social. En ese ambiente particular, la función principal de la iglesia es promover y apoyar la paz y la reconciliación (cf. Mat. 5:9). Es así como la Iglesia lucha contra la guerra, una tarea interminable en un mundo de rebelión y agresividad. La Iglesia debe estar siempre dispuesta a servir a ambas partes involucradas en un conflicto potencial o real, en el intento de evitarlo o de ponerle fin.
4. Proporciona orientación a los miembros de la Iglesia: también debemos reconocer que, en algunos casos, la participación de los ‘miembros’ de la Iglesia en la guerra es inevitable, obligándolos individualmente a reflexionar sobre cómo deben relacionarse con ese fenómeno, la Iglesia es responsable por proporcionarles orientación a finde que determinen qué hacer como cristianos. Deberíamos promover el no ser combatientes entre los miembros, con base en la enseñanza bíblica del valor de la vida humana. Los miembros que no desean participar de la guerra de ninguna
manera, sin importar el costo, deben encontrar apoyo espiritual y emocional en la iglesia para permanecer fieles a su llamado. Es responsabilidad de la Iglesia promover, entre los miembros que por algún motivo deben unirse al ejército, la importancia de la obediencia a Dios. La lealtad a Dios debe suplantar la obediencia a los seres humanos. Cuando el servicio en el ejército puede resultar en conflicto abierto con las convicciones religiosas, Cristo y su Iglesia esperan lealtad a él. Debemos estar dispuestos a dialogar con los oficiales del gobierno en un esfuerzo para obtener para nuestros miembros el derecho de practicar sus convicciones religiosas mientras están en el ejército.
5. Los miembros deben determinar la extensión de su participación: la extensión de la participación del miembro individual de la iglesia en la guerra es una cuestión entre él y Dios. Aunque la Iglesia nunca deba dar la impresión de que ciertas guerras son justificables y, por lo tanto, correctas, esta debe reconocer que, en algunas situaciones, los miembros de la Iglesia pueden sentir que eligieron el mal menor y que eso puede requerir su participación en la guerra defensiva. En tales casos, los miembros de la Iglesia pueden beneficiarse al examinar los principios de la guerra justa, sin concluir que la guerra en sí o su participación es moralmente justificable.
Entre los principios de la guerra justa que les podrían ser útiles, sugerimos los siguientes: (1) el propósito final es la paz; (2) la guerra fue el último recurso; (3) la violencia se limitará a los combatientes; y (4) el uso mínimo de la fuerza necesaria para la victoria. Esos elementos establecen algunos parámetros que ayudarán a tomar la guerra menos deshumana e intentarán respetar el llamado de Jesús de amar a nuestros enemigos (Mat. 5:44). Mientras tanto, vislumbramos un futuro en el que no habrá más guerras (Isa. 2:3, 4).
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